Pascua, Resurrección, Semana Santa

Celebrar la Pascua

Después que Jesús murió en la Cruz y resucitó, se puso en marcha un movimiento inexplicable. Unos cuantos galileos, sin preparación ni medios, se empeñaron en cambiar el mundo. Creyeron en el ser humano, en sus posibilidades, en su capacidad de convivir en paz y en su destino; creyeron en las personas y lucharon por su dignidad y por su liberación plena. Este movimiento fue y es la esperanza de los pobres y de los que sueñan con una humanidad digna de ese nombre.

Todo esto pasó y pasa, y hay que celebrarlo. En la Pascua celebramos con gozo y con aleluyas (o sea, con alabanzas a Dios) que el Crucificado tenía razón, que Dios estaba y está con Él, y que su muerte no fue su final sino nuestro principio. Por eso los cristianos nos reunimos en la eucaristía para comer juntos, en su memoria, la Cena del Señor y para celebrar que está vivo y presente en nosotros haciendo brotar una nueva vida: la vida del que ha dado muerte al hombre viejo y pecador que cada uno ha sido, para empezar a vivir la novedad que nos trae Jesús. Además, Él, muerto y resucitado, es para nosotros la fuerza y el espíritu que nos empuja a entregar nuestras vidas por los demás y para cambiar el mundo.

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