Hay quienes llevan mucho tiempo sin relacionarse con Dios, porque no saben cómo hacerlo, porque han olvidado casi por completo las oraciones que aprendieron de niños y porque tampoco aciertan a hablarle de una forma espontánea como se habla con una persona amiga y de confianza. Sin embargo, tal vez en más de una ocasión han sentido deseos de contarle a Dios sus penas y miedos o de expresarle su alegría y su agradecimiento. Muchas personas se preguntan qué se puede hacercuando lleva tantos años sin rezar, y desea volver a encontrarse con Él.

Hay quienes no sienten necesidad alguna de Dios. Se bastan a sí mismos; no necesitan más luz que la de la razón, ni otra esperanza que no sea la de mirar la vida de tejas abajo. Desde esta posición no es posible caminar al encuentro de Dios. Para descubrirlo, lo primero de todo es tener un corazón limpio (“los limpios de corazón verán a Dios” dice Jesús) y luego despertar el deseo como dice el salmo 42: “mi alma te busca a Ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo”.
Este deseo a veces confuso es un primer paso hacia Dios; otras veces está oculto o latente en el vacío interior o en la experiencia de una existencia excesivamente agitada. Este deseo, unas veces débil y otras poderoso es ya un comienzo de encuentro con Él. Quien mantiene el deseo de Dios y lo busca con sincero corazón más pronto que tarde lo encontrará.