Una de las tres armas del cristiano, a lo cual la Iglesia invita a volver a reencontrarnos en este tiempo de Cuaresma, es la Oración. Ya hemos compartido algo respecto del ayuno y la limosna. Santa Teresa de Jesús la considera como un trato de amistad con Dios, un coloquio, un diálogo que nos permite conocer con más intimidad a Dios y a nosotros mismos. Algunos dirán, como Santa Teresa del Niño Jesús, que no hacen faltan palabras para hacer oración: “Un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo». Como dice el Evangelio, no hace falta emplear muchas palabras, sino hablar con confianza al Señor que se comunica con nosotros en nuestro interior: “Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por Ti” (San Agustín, Confesiones). Y quien trata a un amigo quiere estar en su compañía, en su presencia, compartir sus alegrías, ilusiones, dificultades y sufrimientos.
Los santos consideran cuatro aspectos esenciales respecto a la oración: la iniciativa divina (Dios sale a nuestro encuentro), humildad y necesidad (reconocimiento de nuestra pequeñez y debilidad), perseverancia (necesita el trato habitual para conservar esa amistad. Alimentar la amistad. La fidelidad) y la visión sobrenatural (vivir la realidad con los pies en la tierra y la mirada puesta en el cielo. Tener presente a Dios en todos los acontecimientos de la vida).
Así como el trato con nuestros amigos nos sirven de descanso de los afanes del día a día, la oración es un refugio para reposar el corazón del hombre. Que aprovechemos este tiempo de Cuaresma para mirar hacia dentro de nosotros, pedir la ayuda del Señor que nos ayude a ser como los niños y a quitarnos obstáculos que impiden un trato más cariñoso con Él y con los demás.
