Jesucristo

En la Playa

Dios y la playa parecen términos antagónicos. Llegan las vacaciones y recostarse durante horas al sol para atenuar la palidez de nuestra piel se convierte en una actividad casi obligatoria. Para soportar las incomodidades de semejante inclemencia, bueno es darse un chapuzón en el agua.

Y, en este contexto, ¿dónde está Dios? Tal vez le hemos dado vacaciones para que nosotros podamos descansar. En el ambiente playero es fácil descuidar nuestros compromisos. Fuera de la rutina que nos acompaña durante el resto del año nos olvidamos de lo transcendente y sucumbimos frente a la trivialidad.

Pero, ¿no era el propio Jesús quien animaba a los cansados y atribulados a acercarse a Él? ¿No nos diría hoy lo mismo a los estresados y agobiados? El reposo no nace de una actitud subversiva contra el Creador. Todo lo contrario. Es una prescripción divina. No contradice el propósito de Dios, es un regalo del Cielo.

Tal vez, embriagados por el activismo, nos olvidamos del mandamiento de descansar. Y, cuando buscamos la tranquilidad y la calma, lo hacemos a hurtadillas, pensando que Dios es un jefe exigente y nos conviene prescindir de Él durante unos días para recuperar energías. La paz, la serenidad y el bienestar interior son valores espirituales necesarios para ser fecundos. Exhaustos, poco fruto podemos dar. Somos seres limitados que necesitan tiempo y espacio para rehacerse y continuar.

A veces, la playa nos puede sugerir un lugar alejado de Dios, o un territorio donde nos alejamos de Dios. No en vano, cuando Jesús se apareció a sus discípulos en una playa, en la orilla de un lago, no le reconocieron. (Josep Otón – R21)

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